Todo acción y drama, no pareciera el boxeo un territorio natural para la poesía. Pero aún en la más descarnada violencia hay momentos para la palabra sutil y serena.

Lo sabía Guillaume Apollinaire, el poeta francés de los caligramas que, a principios del siglo XX, capturó en sus líneas juguetonas ese momento eterno y universal en que suena la campana y el peleador sale a enfrentar su destino:

“Terrible/boxeador/boxeando/con/sus recuerdos/y sus mil deseos”.

 

TERRIBLE BOXEADOR-APOLLINAIRE
Imagen tomada del blog de la Facultad de Ciencia y Tecnología de la Universidad del País Vasco.

***

Eco de himnos homéricos, la poesía también canta las hazañas de los héroes. Como en el caso de Nicolás Guillén y su “Pequeña oda a un negro boxeador cubano”, esa suerte de defensa apologética de la negritud de finales de los 20, dedicada a su paisano Eligio Sardiñas Montalvo, mejor conocido entonces y ahora como Kid Chocolate:

Tus guantes/puestos en la punta de tu cuerpo de ardilla,/y el punch de tu sonrisa.

El Norte es fiero y rudo, boxeador./Este mismo Broadway,/que en actitud de vena se desangra/para chillar junto a los rings/en que tú saltas como un moderno mono elástico,/sin el resorte de las sogas,/ni los almohadones del clinch;/ese mismo Broadway/que unta de asombro su boca de melón/ante tus puños explosivos y tus actuales zapatos de charol;/ese mismo Broadway,/es el que estira su hocico con una enorme lengua húmeda,/para lamer glotonamente/toda la sangre de nuestro cañaveral.

De seguro que tú/no vivirás al tanto de ciertas cosas nuestras,/ni de ciertas cosas de allá,/porque el training es duro y el músculo traidor,/y hay que estar hecho un toro,/como dices alegremente, para que el golpe duela más./Tu inglés, un poco más precario que tu endeble español,/sólo te ha de servir para entender sobre la lona/cuanto en su verde slang/mascan las mandíbulas de los que tú derrumbas/jab a jab.

En realidad acaso no necesitas otra cosa,/porque como seguramente pensarás,/ya tienes tu lugar./Es bueno, al fin y al cabo,/hallar un punching bag,/eliminar la grasa bajo el sol,/saltar,/sudar,/nadar,/y de la suiza al shadow boxing,/de la ducha al comedor,/salir pulido, fino, fuerte/como un bastón recién labrado/con agresividades de black jack.

Y ahora que Europa se desnuda/para tostar su carne al sol/y busca en Harlem y en La Habana/jazz y son,/lucirse negro mientras aplaude el bulevar,/y frente a la envidia de los blancos/hablar en negro de verdad.

KID CHOCOLATE 2
Imagen: Luis Ramón Marín.

Para 1929, fecha de publicación del poema y de la pelea contra el judío Al Singer en Nueva York, una de las más memorables en su carrera, el racismo se mantenía latente en los cuadriláteros de Estados Unidos, como bien recuerda Mary Carmen Sánchez Ambriz en el perfil que del Chocolate trabaja para el periódico La Razón.

***

Tal vez el atractivo del boxeo y su propio genio peculiar —señala Colum McCann en el prefacio al libro At the Fights: American Writers on Boxing (The Library of America, 2012)— es que se puede utilizar como una metáfora recurrente casi para cualquier cosa.

Es tan maleable, sin duda, en términos de su lenguaje, que se hace presente en cualquier momento: el boxeo como economía, como la compra del súper, como astrofísica… como una historia de amor.

Y justo así, “Amor”, es como se intitula el que es ya, sin duda, un clásico de la pluma de Eduardo Lizalde:

La regla es ésta:

dar lo absolutamente imprescindible,

obtener lo más,

nunca bajar la guardia,

meter el jab a tiempo,

no ceder,

y no pelear en corto,

no entregarse en ninguna circunstancia

ni cambiar golpes con la ceja herida;

jamás decir “te amo”, en serio,

al contrincante.

Es el mejor camino

para ser eternamente desgraciado

y triunfador

sin riesgos aparentes.

LIZALDE 2
Imagen: Alejandro Madera.

Menos conocido —y seguramente mucho menos citado— es este otro, donde la magia del ring apenas y aparece hasta el final, como si Lizalde, versado en los escarceos con las bellísimas, bien supiera que hay tiros que es mejor perder ganando:

Tiene ella cierta clase de belleza

clasificada en altos círculos

como una perniciosa, pura deformidad,

un cáncer loco de apariencia benigna

y mortales efectos.

Una belleza así y un mongoloide

son igualmente monstruosos.

Alto es el precio.

Dios permita al saludable contraer el virus.

Ya lo dijo el florentino:

Ecce Deus fortior me…

He aquí un Dios más fuerte que yo,

viene a vencerme.

Yo, simplemente, me muevo contra el golpe,

a favor del sentido en que me lo disparan,

hago el rolling nomás.

Porque, para ponerlo en términos del epígrafe rilkeano, cuando uno de esos ángeles le estrecha de pronto a uno sobre su corazón, no queda sino sucumbir ahogado por su existencia… más poderosa.

***

NOTA 1: Salvo este último poemas, los otros tres forman parte Historias del ring. Una antología del boxeo (Ed. Cal y Arena, 2012), el libro a lo largo de cuyas poco más de 400 páginas, Alejandro Toledo y la propia Mary Carmen Sánchez Ambriz recuperan cuentos, novelas, crónicas, reportajes y ensayos, a propósito de la dulce ciencia del aporreo y sus protagonistas, lo mismo en la vida real que en la ficción. Aquí, la reseña que de ese volumen tuve oportunidad de publicar hace casi cinco años en la revista Tierra Adentro.

NOTA 2: La imagen con que abre esta entrada es un retrato del poema Guillaume Apollinaire en la visión de la artista Terri Maxfield Lipp.

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